Gunung Rinjani: bajar sin piernas
- lectura de 4 minutos - 753 palabrasHoy nos hemos levantado congelados. El aislante de la tienda estaba levantado y en el campamento hacía frío… como añadido estábamos madrugando una hora más de lo necesario porque Justina necesitaba estar en Bangsal a las tres.
El resumen es que descubrimos que:
- Bajando a velocidad normal se podría hacer en 5 horas.
- Una hora más tarde hacía calor.
Como nosotros “íbamos bien”, nadie nos esperaba ni miraba para nosotros, así que el minuto y medio que tardamos de más en salir lo fuimos perdiendo. Afortunadamente, Justina iba normal lenta y fue fácil alcanzarlos a él y a Josy.
La primera parte del descenso es fácil pero incómoda: piedras. La segunda es simplemente genial, divertidísima: terreno fácil y a la sombra por la frondosidad de la jungla.
Pero Justina iba cada vez peor y hacía visitas frecuentes al señor Roca convertido en arbusto. Iba tan lenta que no íbamos a llegar ni para las seis de la tarde, cosa que a nosotros nos daba más o menos igual. Josy, que no es tonto, se iba dando cuenta y le iba preguntando. Lo primero que hizo fue quitarle la mochila y dársela a papá porter (así hemos bautizado a nuestro alegre porteador) para que se la llevara. Pero nada, ni así.
Al final se acabó dando cuenta de que no podía más y pidió que la bajaran. Josy hizo unas llamadas y consiguió ayuda por 100-200 dólares. Se lo dijo a Justina y, en una de las actitudes más ruines que yo haya visto, se puso a regatear con éxito y consiguió que la bajaran por 700 mil rupias (algo más de 50 dólares). Iba muy mal y con la salud no se regatea, menos en un rescate barato en alta montaña. Encima ella iba protestando porque la ayuda no llegaba, pero seguía caminando.
Hasta que paramos. Paramos y esperamos y llegó papá porter con una tela y un machete. Con el machete fue a cortar una rama. Rama sujeta tela, en tela se mete persona, dos personas cogen rama… y montaña abajo. Sí, sí, como suena; hay fotos:
La operación de transporte de Justina es de lo más divertido, raro e increíble que he visto nunca. Llegaron seis porteadores que se iban turnando el llevarla (Justina pesa bastante más de lo que ellos están acostumbrados a llevar) mientras Josy dirigía la maniobra. Desde ese momento la bajada pasó de exasperantemente lenta a normal tirando a rápida; increíble como la bajaron.
Pero no fue todo. La tela no era suficientemente grande para justina, así que Josy sacó su saco, cortó unas lianas y ató el saco para sujetarle la cabeza, en algún momento hizo de porteador y consiguió un transporte para Justina. Esto último porque ella decía que no iba a llegar a las tres. Por qué quería llegar a las tres en vez de avisar al novio para que él viniera y quedarse los dos en Lombok es un misterio, pero el caso es que había que llegar a las tres… y en coche no lo conseguiría. Así que Josy consiguió una moto al grito de “quién tiene una Honda” (supongo que en Indonesia Honda y moto es lo mismo, aunque haya de otras marcas).
Y la moto apareció, pero por esas pendientes se embalaba, así que iba uno sujetando por detrás con y frenando con los pies en plan Pedro Picapiedra.
Supongo que como llegábamos tarde ya no había coche. El caso es que nuestro porteador nos indicó con gestos primero que paráramos y luego, cuando llegaron unos señores, que íbamos en moto. Y en moto fuimos cinco minutos hasta la guarida de John.
Ya en John, otra escena más. Mis zapatos de trekking estaban para tirar (despegándose lo pegado, un poco rota la suela por la punta de los pies), así que eso iba a hacer, tirarlos. Pero Josy me vio y me dijo que no los tirara, que para él. Así que se quitó los suyos, se puso los míos, les pegó una patada a los suyos y se los quedó: yo calzo un 47, Josy estimo que no llega al 40. Si ahora alguien va al Rinjani y ve un guía con zapatos de payaso, culpa mía.
Después de eso el día no tuvo más emociones: tres horas de viaje a Kuta y llegamos a un hotel estupendo con una cama comodísima.
A dormir, a ver qué tal las piernas mañana.

